1
El Trato del «Agua de Luna»
Eran tiempos agitados en Ballymuck, intrépidos y algo desvergonzados. El fango del pueblo presumía la espesura de la sospecha y tenía ese olor crudo de un invierno calador de huesos. A media tarde, el aire ya pesaba a turba quemada y a la resaca del río Corrib, que pasaba lamiendo los pilotes de madera negra del muelle al paso tedioso de los abuelos rumiando tabaco anejo.
En la esquina más velada de la taberna The Blind Salmon, Seán «El Saltamontes» O’Donnell se limpió el labio superior con el puño de su chaqueta que claramente había pertenecido a un hombre el doble de su tamaño. Tenía sus ojos azules y afilados, fijos en la mesa de roble, donde tres monedas de plata brillaban bajo la luz mugrienta de una lámpara de aceite medio defectuosa.
—No es plata de la Corona —dijo Malachy «El Yunque» Higgins, sin levantar la vista de una flautilla de madera que tallaba con un cortaplumas—. Esa es plata de contrabando, Seán. Y la plata de contrabando tiene la mala costumbre de volverse plomo cuando el sargento Miller te apunta aquí, al pecho.
Malachy sopló las virutas. Sus manos, encallecidas por el cáñamo y las redes del muelle, parecían dos trozos de carne curada. Con quince años, ya cargaba con el silencio de los que saben que el río a veces se lleva más de lo que da.
—La plata es plata, Yunque, incluso si viene del mismísimo pozo del diablo —Seán deslizó un dedo sobre el borde de una moneda—. El viejo Barnaby tiene hambre, nosotros tenemos hambre, y el tabernero dice que el frío de la noche va a hacernos tiritar. Doce barriles, desde el recodo de los sauces hasta el viejo muelle de botes. Son dos millas, bien sabes que podemos hacerlo.
—Tres millas si la marea sube —intervino una voz seca desde una orilla de la barra.
Brighid «La Pestaña» Cleary no se había movido en media hora. Estaba sentada sobre un cajón de manzanas, con sus piernas flacas cruzadas y una manta de lana gris sobre los hombros. Sus ojos, opacos como el agua de un pozo, seguían el vaivén hipnótico de la puerta de la cantina.
—El sargento Miller pasó hace diez minutos hacia el norte —continuó Brighid, acomodándose un mechón de pelo cobrizo detrás de la oreja—. Llevaba las botas limpias. Eso significa que no va a patrullar los caminos de tierra, se va a quedar cerca del muelle grande esperando el barco de la harina. O a nosotros.
—¿Ves? —Seán sonrió, mostrando un diente astillado—. La Pestaña ya nos hizo la mitad del trabajo. El de Arriba le da vista a quienes no tienen botas.
—Dios nos va a dar una celda con humedad para tres años si el «Agua de Luna» se rompe en la carreta —Malachy clavó la navaja en la mesa, justo a un milímetro de la mano de Seán—. Ese poitín está tan puro que si le cae una chispa del carromato, volamos hasta Dublín sin pagar pasaje en el vapor.
Seán no pestañeó. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa. Su rostro, pálido y agudo tras los implacables inviernos en Ballymuck, había adquirido ese estilo de apremio seductor que solía preceder a los peores desastres del condado.
—No va a haber chispas, mi querido Yunque. El suelo está lo bastante blando como para que las ruedas no digan ni «amén».
—¡Amén! —gritó alguien en la mesa contigua que alcanzó a escuchar.
Además —continuó— el viejo Murphy, el destilador, me prometió que si dejamos los doce barriles antes de las seis en el cobertizo del río, habrá una cuarta moneda. Una de oro. Con la cara de la reina Victoria, de las que pesan en el bolsillo y hacen que las mujeres de la aldea te miren como si tuvieras veinte años y un par de vacas a tu nombre.
Brighid pestañeó rápido y soltó una risa corta, áspera, que sonó como grava arrastrada por el agua.
—A ti ninguna te miraría por una moneda, Saltamontes. Menos con ese abrigo que parece sudario de obispo. Pero el carnicero no acepta oraciones por el pescuezo de cordero, y el invierno viene frío, ya lo saben.
Saltó del barril al suelo con un impulso ágil. La manta gris le llegó a los tobillos. Se acercó a la mesa y, con la punta de los dedos, barrió las tres monedas de plata directamente hacia la palma de Seán.
—Yunque, ve por el caballo. Barnaby tiene tres patas buenas y una que Dios sabrá cuánto aguanta, pero es el único cuatripatas que no hace ruido cuando camina sobre las raíces. Y Saltamontes, si el sargento nos atrapa, le diré que me embolaste con una de tus típicas cantinelas. Apuesta por ello —dijo Brighid, cruzando los brazos.
—Ni el diablo podría mejorarlo —dijo Seán, guardando la plata en el forro roto de su abrigo—. La inocencia siempre ha sido tu mejor disfraz, Pestaña. Lástima que dure tan poco cuando abres la boca.
Afuera, la niebla comenzaba a salir del Corrib como el eructo de un puca que ha comido mal. El río parecía ensancharse con las tinieblas, gordo y calmoso, conduciendo las hojas caídas de los sauces hacia el Atlántico. En el callejón trasero, detrás de las caballerizas de la iglesia, el viejo Barnaby soltó un bufido húmedo cuando Malachy le echó encima el arnés de cuero remendado con cuerda de cáñamo.
La carreta esperaba entre las ortigas. Doce barriles de roble pequeño, atados con mimbre verde, exhalaban un aroma dulce, penetrante y clandestino que se mezclaba con el olor a estiércol y tierra mojada. Era el olor del invierno de los pobres: el alcohol que quemaba el gaznate y hacía olvidar que el techo se llovía.
—¿Oyen eso? —dijo Brighid, deteniéndose junto a la rueda trasera.
Malachy congeló la mano sobre la brida del caballo. Seán se acomodó la gorra de lana.
Era un murmullo bajo, casi un canto, que venía del agua. El Corrib estaba subiendo.
—Es el río, que tiene sed —susurró Seán, saltando al pescante de la carreta y tomando las riendas de cuero gastado—. Súbanse. Si el «Agua de Luna» se queda aquí cinco minutos más, el sargento Miller va a oler el negocio desde su cocina.
¡Arre, Barnaby, por los clavos de la cruz, corre como si debieras dinero!
El caballo estiró el cuello. Las maderas de la carreta gimieron. Y el trío se hundió en la boca de la niebla, justo cuando las campanadas de la iglesia daban las cinco de la madrugada.
2
La Furia de Barnaby
El bosque de sauces no era un buen lugar para tener demasiada prisa. Las ramas bajas, cargadas de la humedad grasienta del río, azotaban el pescante de la carreta como latigazos. Barnaby cruzaba la luz de la luna con un trote rítmico, un clac-clac sordo sobre el barro que a Seán le parecía más ruidoso que los cañones de la Gran Guerra.
A la espalda de los chicos, los doce barriles rechinaban contra los listones de madera. El olor a cebada fermentada y alcohol puro era tan espeso, que los tábanos caían borrachos al suelo antes de rozar siquiera el lomo del caballo.
—Más despacio, Saltamontes —masculló Malachy, sosteniendo el lateral de la carreta con sus nudillos morenos—. Como una de esas duelas se raje contra un tocón, el viejo Murphy nos va a despellejar para hacer cubiertas de taburete.
—Si voy más despacio, nos va a alcanzar el sargento y no tendremos piel que guardar, Yunque —respondió Seán, entornando los ojos para adivinar el camino entre la pastosa niebla. De pronto, un silbido agudo e inacabable rasgó la quietud del bosque nocturno. Era el silbato de latón de la policía, larguísimo y perentorio.
A menos de cien yardas, el destello amarillo de dos linternas de carburo perforó la masa gris de la bruma.
—¡Alto en nombre del Rey! —rugió una voz ronca que Seán conocía como la palma de su mano. Era el sargento Miller. Luego se escuchó el chasquido seco de un cerrojo de fusil Enfield.
—Por todos los santos… —susurró Brighid, agachándose entre dos barriles—. Trae los caballos grandes de la guarnición.
—¡Sujétense las muelas! —gritó Seán.
El chico no usó el látigo. Le dio un tirón limpio a las riendas de cáñamo y le siseó a Barnaby al oído un insulto en gaélico que le había oído a un marinero de los muelles. El viejo caballo, que hasta entonces parecía tener la energía de un saco de papas, pegó un relincho que sonó como una corneta rota y arremetió hacia delante como una flecha.
La carreta dio un bandazo violento. La placidez del Corrib pareció inquietarse con el estrépito. Los sauces que bordeaban el sendero, pesados por la escarcha, comenzaron a cimbrarse con una agrura que parecía sobrenatural. Cuando los dos jinetes de la policía entraron en el callejón de árboles, las ramas más bajas cayeron de golpe, azotando los rostros de los guardias y enredándose en las bridas de sus monturas. Fue en ese momento cuando uno de los caballos policiales se encabritó, arrojando al guardia bruscamente sobre un matorral de gorse.
—¡Malditos vástagos del demonio! —bramó Miller detrás, esquivando a duras penas un sauce que parecía estirarse expresamente para quitarle el sombrero de copa.
La persecución se desbocó por el camino de la orilla alta. El ruido era ensordecedor: el traqueteo de las ruedas sin grasa, los cascos pesados de los caballos de la ley y el rugido del río, unas treinta varas más abajo, que parecía correr al mismo ritmo que la carreta.
—¡Saltamontes, el barril del rincón se está soltando! —gritó Brighid, pegando la espalda contra la madera que rechinaba. La cuerda de mimbre verde se había rajado y un barril de diez galones cabeceaba hacia el vacío.
Malachy, aún con sus hombros macizos, trepó hábilmente por encima de la carga mientras la carreta saltaba sobre una pirca de piedras sueltas. Agarró el barril por los bordes justo cuando el carromato se inclinaba en una curva cerrada. El sargento Miller ya estaba a solo veinte pasos, con el rostro enrojecido y el bigote cubierto de escarcha, espoleando a su semental negro con fiereza.
—¡Suéltalo, Yunq! —ordenó Seán por encima del hombro—. ¡Dale de beber a la autoridad!
Malachy no lo pensó. Con un gruñido, empujó el barril de roble hacia el camino. El tonel golpeó el barro espeso, rebotó contra una raíz y estalló justo bajo las patas del caballo de Miller. Una nube de poitín de sesenta grados salpicó el aire. El semental, embriagado y asustado por el chorro de alcohol que le ardió en los belfos, frenó en seco, patinando en el lodo y haciendo que el sargento saliera despedido por sobre su cabeza, aterrizando de espalda en una zanja de ortigas.
—¡Que Dios lo reciba blandito! —le gritó Brighid, mostrando por fin una sonrisa mordaz.
Pero la victoria duró un suspiro. Barnaby, completamente desbocado por la adrenalina, enfilaba directo hacia la empinada bajada que conducía al muelle viejo. La carreta, empujada por el peso de los once barriles restantes, empezó a ganar un vértigo que revolvía las tripas. Los frenos de madera de abeto ya olían a quemado y soltaban un humo blanco y agrio.
Al final de la bajada, la silueta enorme y negra del cobertizo de botes del río Corrib se alzaba como una pared. Las puertas dobles estaban entornadas, mostrando una boca de madera podrida y maloliente a brea.
—¡No va a parar! —bramó Malachy, abrazándose a las costillas de la carreta—. ¡Barnaby no tiene frenos!
—¡Pestaña, abre las compuertas de atrás si salimos vivos de esta! —gritó Seán, tirando de las riendas con tanta fuerza que las manos le sangraban.
La carreta entró al callejón del muelle derrapando sobre los guijarros mojados. Barnaby cerró los ojos y enfiló la entrada del cobertizo. Las ruedas laterales golpearon los postes de la entrada con un estruendo de astillas. El carromato entró de golpe en la penumbra del almacén, deslizándose sobre el suelo cubierto de algas secas hasta que la parte trasera chocó contra un montón de redes añejas, deteniéndose en seco con un quejido ahogado.
Afuera, el eco de los silbatos policiales y las voces de los guardias a pie ya rodeaban el callejón. Estaban atrapados, el sargento Miller venía a pie arrastrando la espuela, y el único escape era el agua negra del río que golpeaba bajo las tablas del suelo.
3
Pecados en el Cobertizo
La penumbra del cobertizo olía a aceite de ballena, brea y al sudor agrio del viejo Barnaby, que jadeaba entre los arneses. Afuera, el fango chasqueaba bajo las botas de la policía local. Y las linternas de carburo de los guardias filtraban líneas de luz amarilla por las rendijas de la madera podrida.
—Busquen en el callejón de las redes —se oyó la voz del sargento Miller, grumosa por el barro y la furia—. Esos mocosos no cruzaron el puente. Tienen que estar aquí.
Dentro, Seán se deslizó del pescante sin hacer ruido. Sus ojos afilados, habituados a la falta de luz de los callejones, recorrieron el cobertizo. En medio del muelle interno, flotando sobre el agua negra que subía entre los tablones, estaba la barcaza plana del muelle de la iglesia. Y sobre ella, imponente y absurdo, descansaba el confesionario de caoba que el Padre Murphy había mandado a barnizar para la próxima Pascua.
—El mueble del cura —susurró Seán, y una sonrisa impía le cruzó la cara—. Yunq, muévete. Pestaña, las cuerdas.
Malachy no preguntó. Como si fuera un buey de carga, tomó el primer barril de poitín bajo el brazo y cruzó la pasarela de madera hacia la barcaza. El confesionario tenía tres compartimentos: el del centro para el párroco, con su rejilla de cobre, y las dos celdas laterales con reclinatorios para los sucios pecadores.
—Al compartimento del cura no —masculló Brighid, empujando una de las puertas laterales—. Ahí es donde Miller va a mirar primero si huele algo. Al de las nenas. Ahí caben cuatro si los pones de pie.
Malachy cargaba de dos en dos, uno abajo de cada brazo; Seán los acomodaba sobre los reclinatorios de terciopelo gastado, amortiguando el golpe de la madera con algas secas. El aroma del alcohol ilegal empezó a concentrarse dentro de la caoba, un perfume sagrado y clandestino al mismo tiempo.
Llevaban diez barriles acomodados cuando el portón trasero del cobertizo chirrió de pronto. No parecía haber sido una bota policial, sino algo más leve, casi furtivo.
Seán se congeló con el undécimo tonel en los brazos. Malachy se agachó detrás de la borda de la barcaza y Brighid se hundió entre un montón de redes de pescar arenques.
Por la puerta pequeña entró Constance, la panadera del pueblo. Llevaba a su haber treinta desmelenados años, unas caderas generosas que hacían suspirar a los granjeros los domingos y las mejillas encendidas por el aire del río. No venía sola. Detrás de ella, cerrando el pestillo con una mano enorme, venía el joven herrero, un tipo altísimo, con el pecho inflado y peludo, con los ojos fijos en el cuello descubierto de la mujer.
—Te dije que el cobertizo estaría vacío a esta hora, Thomas —susurró Constance, con una risa endiablada que sonó a malicia pura—. El sargento anda buscando a los huérfanos por el camino alto.
—Si el Sotanas nos encuentra aquí, Constance, me va a hacer forjar las cadenas del infierno sin paga —dijo el herrero, aunque sus manos ya buscaban la cintura de la panadera, acorralándola contra la baranda de la barcaza.
—Al cura déjalo con sus santos —ella le soltó el primer botón de la camisa de lana con una destreza que delataba costumbre—.La madera está fría, Thomas. Brrrr… Súbeme a la barca.
Los chicos, ocultos a menos de dos varas entre el cáñamo y la sombra, contuvieron el aliento. Malachy abrió los ojos como platos; Brighid frunció el ceño con una mueca de fastidio maduro, y Seán tuvo que taparse la boca con la gorra para no soltar una carcajada.
El herrero levantó a Constance como pluma. La mujer, buscando un apoyo firme en la penumbra, empujó la pesada puerta central del confesionario del Padre Murphy. Se metieron dentro de golpe, acomodándose en el asiento acolchado del confesor. Los gemidos contenidos y el alboroto de las faldas de Constance alcanzaron un ritmo frenético, un compás pecaminoso que hacía que toda la estructura de caoba se tambaleara sobre la cubierta de la barcaza.
—¡Oh, Thomas! —susurró la panadera, y el impacto de su espalda contra la madera trasera fue tan arrebatado que el bote plano dio un bandazo. El cabo de cáñamo que ataba la barcaza al pilote del muelle, carcomido por el agua y la tensión del vaivén, cedió con un chasquido. La corriente del Corrib, gorda y rápida por la marea, lamió el fondo de la barca y comenzó a arrastrarla suavemente hacia la salida del cobertizo. La luz de la luna llena esperaba afuera, justo donde el río se abría ante los muelles principales del pueblo.
Seán asomó la cabeza entre las redes, viendo cómo el confesionario, con los dos amantes en pleno fervor y once barriles de contrabando en sus entrañas, se deslizaba majestuosamente hacia el ojo del público.
—Que Dios los pille confesados —susurró el Saltamontes, ajustándose la gorra mientras se preparaba para el espectáculo.
4
El Milagro del Río Corrib
El muelle principal de Ballymuck estaba inusualmente concurrido para ser una madrugada de invierno. La mitad del pueblo esperaba la llegada del barco de la harina, mientras el Padre Murphy conversaba junto a la baranda con el boticario, quejándose, como siempre, del reuma que el río le metía en el esqueleto.
Entonces, la espesa niebla se empezó a abrir.
De entre la bruma… majestuosa, lenta y con la dignidad de un cisne negro, la barcaza de la iglesia emergió del cobertizo de botes, arrastrada por la corriente viva del Corrib. Sobre ella, el confesionario de caoba resplandecía bajo la ligera luz de los primeros rayos del sol.
Al principio, el gentío guardó un silencio reverente, asumiendo alguna procesión fluvial imprevista. Pero el Corrib tuvo un sentido del humor retorcido esa mañana. El agua empujaba la balsa con un vaivén rítmico.
—¡Cruuuj—clac! ¡Cruuuj—clac!
Las maderas sagradas chillaban. Desde el compartimento central, la rejilla de cobre del confesor dejaba escapar unos suspiros que no tenían nada que ver con el arrepentimiento y mucho con el vigor del herrero.
—Por el amor de Dios… —murmuró el boticario, estirando el cuello arrugado y ajustándose las gafas.
El Padre Murphy se llevó una mano al pecho, palideciendo hasta adquirir el color de la manteca.
—¿Pero qué… qué clase de profanación es esta? —tartamudeó el párroco, dando un paso hacia el borde del muelle.
El balanceo cobró tal magnitud que una de las puertas laterales del mueble se abrió de golpe. Un barril de poitín de diez galones rodó por la cubierta de la barca, cayó al Corrib con un chapuzón ¡splash! y comenzó a flotar, como una boya bendecida. Luego cayó otro. Y otro más.
—¡Es el sargento! —gritó un viejo pescador, señalando hacia el callejón del cobertizo—. ¡El sargento Miller viene a pie!
Miller apareció con paso veloz por la orilla del muelle, cubierto de barro de la zanja de ortigas, con el uniforme desarreglado, el bigote torcido y el silbato entre los dientes. Miró la barcaza y se detuvo en seco con los ojos desorbitados. Frente a él flotaba el contrabando a la vista de todos, y desde el confesionario llegaba el apasionado espectáculo litúrgico.
—¡Detengan esa embarcación! —bramó Miller, con la voz quebrada—. ¡En nombre de la ley y del decoro del Condado!
Dentro del confesionario. Un gemido agudo, largo y bravamente celestial —con la reconocible voz de la panadera del pueblo— resonó sobre el Corrib, seguido de un seco golpe de botas contra la madera. El confesionario flotante dio un último zarpazo brusco, inclinándose hacia la izquierda, dejando caer los últimos tres barriles al río de una sola vez.
Entre la multitud que se agolpaba en el muelle, tres figuras se escabulleron con la sagacidad de un zorro. Seán, Malachy y Brighid se apoyaron contra una pila de sacos de avena, silbando, con las manos metidas en los bolsillos hondos y las gorras caladas hasta las cejas.
A pocos metros de ellos, el intermediario del viejo Murphy, el destilador, contemplaba el desastre con una mezcla de horror y fascinación. Los barriles flotaban hacia el recodo donde los pescadores solían recoger las redes. Técnicamente, el cargamento había salido del cobertizo.
Seán le dio un suave toque con el codo al intermediario, sin apartar la vista del río.
—Llegaron al agua antes de las siete, tal como se prometió —susurró el Saltamontes, extendiendo la palma de la mano por debajo de la solapa de su enorme chaqueta—. Y con la bendición de la Iglesia y el aplauso del pueblo. Yo diría que eso vale la moneda de oro, mi estimado.
El hombre miró a Seán, luego al sargento Miller —que intentaba pescar un barril con el gancho de un bote mientras el Padre Murphy rezaba el rosario de rodillas— y finalmente soltó un gruñido de resignación. Y puso una pesada pieza de oro con la efigie de la reina Victoria en la palma del chico.
—Llévense al caballo antes de que Miller recupere el juicio —masculló el hombre, dándose la vuelta.
Brighid observó el río, donde la barcaza ya se alejaba hacia los rápidos, todavía meciéndose suavemente, mientras el herrero y Constance parecían notar por fin que el paisaje se movía.
—El invierno va a ser corto con esa moneda —dijo la Pestaña, ahora sí con una pizca de brillo en sus ojos negros—. Y la panadera va a tener que explicar por qué el pan de la tarde tendrá gusto a caoba.
Malachy soltó una carcajada seca, la primera de la mañana, y le dio una palmada en la espalda a Seán que casi lo manda al suelo.
—Vámonos, Saltamontes, antes de que se enteren que falta un barril. Barnaby se está ganando su avena y la policía va a estar ocupada intentando salvar la moral de Ballymuck hasta la medianoche.