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Esto ocurrió en el verano de 1935.

Fue durante una azul y cálida noche al sur del Medio Oeste, cuando el pequeño pueblo de Hannibal, Missouri, celebró su feria de julio en los terrenos baldíos junto al Mississippi. Ahí donde los muchachos pescaban bagres de día y los viejos se sentaban a masticar y escupir tabaco negro al ritmo de las tortugas de río.

La feria era una fantasía, todos en el pueblo lo sabían.

Adónde uno mirase había lámparas eléctricas colgadas en guirnaldas irregulares. Los puestos de comida despedían ese sabroso olor caliente del maíz tostado, de las manzanas acarameladas y de la grasa dulce de los pasteles fritos. Un violinista tocaba viejas melodías de Kentucky mientras dos niñas intentaban bailar claqué sobre una tabla improvisada.

Los jóvenes bebían cerveza barata, las muchachas reían demasiado fuerte, y los vejestorios —sentados en sillas plegables— observaban todo con esa mirada desconfiada que tienen los hombres que han sobrevivido a tres malas cosechas y a una guerra que apenas recuerdan.

Aún con toda la fiesta y la algarabía, el plato fuerte de la noche no corría por cuenta de las apuestas al tiro al blanco, ni por los números musicales de damitas felices medio entonadas. Todos esperaban el concurso de las jarras.

Se celebraba cada año frente al granero abandonado de los Wilkes, y consistía en algo tan sencillo que con el tiempo se convirtió en algo sagrado: dos hombres sentados frente a una mesa, y una hilera de jarras de cerveza. Quien bebiera más, ganaba.

El campeón de los últimos ocho años se llamaba Ezekiel Boone. Tenía cuarenta y ocho años, hombros como vigas de ferrocarril y una barriga imponente que parecía haber sido diseñada expresamente para contener cerveza, liiiitros y liiiitros de cerveza cruda. Llevaba un añoso sombrero de fieltro (que jamás se quitaba, ni para dormir) y un bigote gris que se curvaba hacia abajo, como si estuviera constantemente asqueado con el mundo.

Cuando apareció aquella noche en el marco del pórtico, la multitud lo recibió con el entusiasmo que se recibe a un campeón. La fiesta se avivó y la gente gritó.

—¡Ahí viene Boone!

—¡Rellenen los barriles que llegó este animal!

—¡Mi hijo va a la escuela gracias a usted! —gritó el cantinero.

Boone saludó levantando dos dedos con desgano.

—No griten tanto —dijo—. Guarden energía para cuando tengan que cargarme a casa.

Las risas estallaron.

El juez del concurso era el viejo doctor Mallory, un hombre tan delgado que parecía haber sido dibujado con una pluma seca. Se acercó a la mesa y acomodó las jarras con parsimonia ritual.

—Muy bien —anunció—. Este año tenemos un retador novato.

La multitud chismorreó.

Entonces… apareció el desafiante.

Era un muchachito de dieciséis años recién cumplidos, grande, redondo y rosado como una luna llena. Tenía mejillas infladas, manos enormes y una mirada curiosamente confiada.

Llevaba tirantes demasiado cortos y una camisa que parecía rendirse ante la expansión de su cuerpo.

—¿Quién demonios es ese? —susurró alguien entre la muchedumbre.

—Creo que es el niño Walter Hodge.

—¿Al que todos molestaban en la escuela?

Boone lo observó con diversión.

—Mocoso —dijo—. ¿Tu madre sabe que estás aquí?

El joven se sentó frente a él pesadamente.

—Sí, señor.

—¿Y sabe que vas a perder, verdad?

El muchacho caviló un instante.

—¡Qué sé yo!

Las carcajadas recorrieron el lugar.

Finalmente el doctor Mallory golpeó la mesa con una cuchara.

—Caballeros —dijo—. Cuando yo cuente tres, empiezan… ¿bien?

El vidrio de las jarras sudaba frío y la espuma rebosaba, espesa y blanca, bajo las guirnaldas chispeantes.

—Uno.

El violinista dejó de tocar.

—Dos.

Una brisa levantó el polvillo del suelo.

—Tres.

¡Las primeras jarras desaparecieron con rapidez! Boone bebía como siempre, con grandes tragos, seguros, con la confianza de quien ha logrado convertir una habilidad absurda en una forma de mérito.

Por otro lado el chico bebía distinto, no parecía competir. Simplemente levantaba la jarra, bebía con calma, la dejaba en la mesa y esperaba la siguiente.

Cinco jarras.

La multitud aplaudía encendida.

Ocho jarras.

Las mujeres empezaban a comentar entre risas.

—Ese niño bebe como un caballo —dijo doña Eugenia, la del almacén.

Doce jarras.

Boone se veía algo fatigado.

—¿Cansado, campeón? —preguntó el muchacho.

—Ni digas tonterías, pipiolo.

Quince jarras.

El público ya no bromeaba tanto. Había algo extraño en la serenidad del chico.

Dieciocho jarras.

Boone dejó la jarra con un golpe.

—¡Maldita sea! —gruñó.

El muchacho levantó otra.

Diecinueve.

El gentío rugía con los ojos abiertos como platos.

Boone bebió la suya… apenas.

—¡Empate! —gritó alguien.

Entonces el muchacho tomó la siguiente jarra

¡La número viente!

Se la echó pausadamente por el gaznate.

La mesa quedó cubierta de vidrio vacío reluciente. Y el juez levantó las manos con ojos blancos.

—¡Tenemos un nuevo campeón!

La multitud reventó.

Los hombres golpeaban las mesas con los puños, las muchachas silbaban y los niños gritaban. Un perro flaco ladraba hacia las mesas como si entendiera la magnitud histórica del acontecimiento.

El muchacho se levantó para celebrar. Dio dos pasos y se detuvo en seco. Miró a la multitud con una expresión pensativa… y entonces ocurrió.

El nuevo campeón vomitó. Pero… no fue un vómito discreto. Fue un cataclismo geológico. Un torrente colosal de cerveza agria cubrió la mesa, el suelo y las botas negras del viejo doctor Mallory.

Las carcajadas estallaron. Boone, aún desde la mesa, se doblaba de risa.

—¡Miren al nuevo campeón! —gritaba—. ¡Ni siquiera puede guardarse la cerveza!

El gordinflón intentó decir algo. Abrió la boca, pero no salió palabra alguna. Su cuerpo redondo se inclinó hacia adelante… y cayó al suelo con un golpe seco.

—¡Un saco de papas! —gritó el herrero, desde una esquina.

Las risas continuaron unos segundos más. Hasta que el doctor Mallory se acercó al muchacho y agachó junto a él. Le tomó el pulso, y frunció el ceño. Luego volvió a examinarlo con más cuidado, de pies a cabeza.

La montonera empezó a silenciarse.

—Doctor —dijo Boone entre risas—. ¿Está bien el pequeño?

Mallory se levantó lentamente, mientras se quitaba el sombrero.

—No.

La feria enmudeció.

—¿Qué quiere decir, doc?

El doctor suspiró.

—Está muerto.

Boone dejó de reír.

—¿Muerto?

—Muerto está.

—¿Desde cuándo?

Mallory levantó la vista a la luna y pensó un momento.

—Probablemente desde la jarra dieciocho.

Algunos cuchichearon brevemente.

Un hombre del público dijo:

—Pero… si siguió bebiendo.

Mallory asintió con resignación.

—Sí.

Todos miraron el cuerpo del muchacho tendido en el suelo como una montaña. Luego las jarras, luego la mesa empapada de cerveza, goteando…

Boone se quedó quieto un momento. Miró el cadáver, miró las jarras, miró al público. Luego tomó una jarra nueva del barril. La llenó… y la levantó.

—Bueno —dijo con calma—.

Bebió un largo trago.

—Supongo que gané.